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El Sínodo panamazónico

Desde la mirada de mujer

Del 24 al 26 de enero del 2019 nos reunimos en Quito veinticinco mujeres procedentes de seis países (Venezuela, Bolivia, Colombia, Perú, Brasil y Ecuador), para reflexionar sobre el sínodo panamazónico desde nuestra mirada de mujeres.

Los países marcan fronteras que dividen, pero nosotras, como los ríos, fluimos, los traspasamos y nos hermanamos.

La liberación de la naturaleza y de la mujer van de la mano. La cultura hegemónica explota a la naturaleza, ignora a los pueblos indígenas, e instrumentaliza a la mujer. Todo es medido por la utilidad monetaria. Sin embargo, la naturaleza es sagrada (en ella todo habla de Dios), los pueblos indígenas son guardianes de un saber ancestral del que estamos necesitados, y las mujeres son el rostro de la ternura de Dios (lo más genuino de la deidad es su principio femenino).

Constatábamos, que también en esta zona del planeta la mujer lleva la peor parte. Al violentar el territorio, se violenta a las mujeres en su esencia. Y no sólo por la violencia sexual que aparejan (el extractivismo y la trata de personas van de la mano), sino porque las hacen perder el contacto con lo que les da identidad, la tierra, trastocan su modo de vida y son instrumentalizadas. Observamos que las políticas públicas afectan particularmente a las mujeres de forma negativa porque en ellas no se contempla su visión. El reparto tajante de roles al interior de las comunidades perjudica a la mujer, porque la relega al ámbito de lo privado. La mujer es invisibilizada y sufre un alto índice de violencia, siendo el feminicidio su expresión más extrema. Lamentablemente, existe una normalización de la violencia contra la mujer.

La Iglesia que soñamos en la Amazonía es una Iglesia sinodal, donde los ministerios tengan rostro femenino y la mujer esté presente en los espacios de toma de decisiones. La Iglesia, más que madre y maestra, debería ser hermana y aprendiz. Necesitamos aprender de los pueblos indígenas. Urge el reconocimiento de la espiritualidad de las otras culturas, del Dios vivo presente en ellas. Los pueblos ancestrales mantienen lo propio, aunque sea escondido. Los sacramentos están en el pueblo; cada cultura tiene sus sacramentos (por ejemplo la “cama china” entre los kichwas, en que los mayores dan consejos a los novios que se van a casar). La liturgia católica debería partir de la experiencia propia de los pueblos.

Es lamentable que se hayan tenido que ocultar los yachays (sabios) de los pueblos indígenas, para evitar ser satanizados por la Iglesia. Sin embargo ellos reconocen sin ningún esfuerzo que San Francisco de Asís era sin duda un gran yachay que hablaba con la naturaleza. Jesús también era un gran yachay, un gran sabio, que tenía el don de curar y dejó este don a los hombres y mujeres. Debemos revalorizar a las personas sabias de las comunidades que tienen el don de comunicarse con el Padre Creador y de curar.

La teología es el paso de Dios por la vida, por eso no puede estar desconectada de la realidad. La comunidad es sujeto hacedor de teología, en la línea de la construcción del pensamiento colectivo.

La primera deidad que conoció la humanidad fue la naturaleza, principio femenino. Cuando se pasa del nomadismo al sedentarismo y comienzan las luchas fratricidas por la tierra, se cambia a un dios guerrero. Será el comienzo del patriarcado, imperante hasta hoy. Jesús rescató el rostro femenino de Dios. Jesús aprendió de las mujeres (de María su madre en Caná, de la mujer cananea, de Marta y María, que una semana antes de la pasión le sirvieron y le lavaron los pies, que Jesús replicará en la última cena, etc) y utilizó imágenes femeninas para hablar de Dios (la levadura en la masa, etc). Jesús no hubiera podido enseñarnos a su Abba, Padre misericordioso, sin lo que aprendió de las mujeres. Dios es Padre-Madre.

Así mismo, el misterio pascual está actualizado en los pueblos amazónicos. Jesús fue ejecutado por los poderes políticos y religiosos que vieron atacados sus intereses. Hoy en la Amazonía se sigue asesinando a líderes porque se oponen a los intereses económicos y políticos de los poderosos. Pero Jesús resucitó. Y las comunidades también tienen experiencia de resurrección en sus resistencias: “A mi marido no lo mataron; lo sembraron, y resurgirá en la lucha de otros” (palabras de la esposa de Chico Méndez).

De la Iglesia esperamos una denuncia valiente de las injusticias contra las personas y el territorio, y que haga suya la prioridad de la lucha contra la violencia hacia la mujer, en todas sus formas.

Reivindicamos el diaconado femenino, tal como existió en los principios de la Iglesia. Un diaconado activo, abierto a los social, no sólo sacramental, y no condicionado a la presencia o no de sacerdote (no subsidiario). La comunidad debe ser la que detecte la veta ministerial de los servicios; deberían contemplarse servicios temporales, rotativos, que evitaran el anquilosamiento en un servicio y en un poder.

Todo está por recrear, comenzando por el lenguaje, pues el cómo nos pensamos, cómo nos nombramos, condiciona cómo actuamos. Esperamos el sínodo como una esperanza de conversión de la Iglesia.

Este tiempo de encuentro de mujeres nos hizo palpar de nuevo nuestra fecundidad, que va mucho más allá de la capacidad procreadora. Ha sido un tiempo sagrado en que nos hemos regalado mutuamente, y del que hemos salido más fortalecidas y comprometidas. El soplo de la Ruah nos impulsa.

Mariángel Marco Teja
Ursulina de Jesús
Ecuador, 30-1-2019