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ECUADOR: 8 de marzo, Día de la Mujer

También día de la Mujer creyente

Para mí lo primero de celebrar el 8 de marzo es agradecer a tantas mujeres feministas que han avanzado tanta reflexión y tantos caminos para nosotras. Y no cabe otra forma de agradecer que el compromiso.

Es un día de tinte reivindicativo porque aún falta mucho para la participación plena e igualitaria de las mujeres en la sociedad. Es cierto que esto no obedece muchas veces a un plan premeditado, sino a prácticas y estereotipos inconscientes que, de manera indirecta, promueven al hombre o le facilitan la participación en detrimento de las mujeres (desde ahí tienen sentido y son de justicia las “acciones positivas” en favor de éstas).

Y esto nos perjudica a todos. Una sociedad sin la participación plena de las mujeres está coja y empobrecida. Existen en las mujeres posibilidades inéditas de expresividad, de plasticidad, de tender puentes y captar matices, de escuchar el lenguaje del cuerpo y de las emociones, de hacer asequibles conceptos más áridos, de comunicar sin imponer, de emplear persuasión en vez de imperativos. Y, a pesar de ello, no le es fácil a la palabra de la mujer abrirse camino. Históricamente nuestra tradición ha sido interpretada, articulada, celebrada por hombres y, por lo tanto, expresa lo masculino como lo realmente existente, lo dominante, lo normal. Por eso, tantas veces, como dice Dolores Aleixandre, se les oye a los varones decir al dar su opinión sobre el modo de pensar, de trabajar o de expresarse las mujeres: “qué raro”, o “qué original”, o “qué complicado”, o “qué simplista”, y esas apreciaciones reflejan una convicción no culpable, desde luego, sino introyectada desde siempre, de poseer el “patrón-tipo” de la realidad y lo que no coincide con ella, por exceso o por defecto, puede ser objeto del juicio equilibrado de quien cree poseer objetividad.

Y si esto pasa en la sociedad, en la Iglesia “clama al cielo” la situación de las mujeres. Ser mujer en la Iglesia lleva aparejada una situación de subordinación que no se da con este grado de imposición en el resto de las estructuras civiles o que, si se da, mantiene al menos el derecho y la posibilidad de protestar contra ella.

Y esto no tiene nada de evangélico. En Dios está presente tanto lo femenino como lo masculino como expresiones de la Vida. Es necesario reconstruir el rostro de Dios también en femenino. A Dios nunca nadie lo vio, pero tanto el hombre como la mujer lo revelan y manifiestan cuando cuidan la vida.

Jesús salió de su espacio masculino tradicional como parte de su comunicación de la Buena Noticia (asumió valores atribuidos a “lo femenino”: el cuidado, la pasión y la compasión, la no violencia, la cercanía, la empatía, la intuición, la espontaneidad…). Jesús se reconoció en los gestos de las mujeres y aprendió de ellas el modo de proceder de Dios.

Como dice Leonardo Boff, cada vez que la mujer es marginada en la Iglesia, nuestra experiencia de Dios resulta perjudicada; nos empobrecemos y nos cerramos a un sacramento radical de Dios.

Por ello, tenemos que comprometernos para que, en una Iglesia en la que parece que sólo existe un modo de organizar, de pensar, de hablar, de decidir y de actuar (el modo que corresponde a la mitad masculina de la humanidad), se haga presente también otra perspectiva, otro modo de ser y de estar, de sentir e intuir, de articular pensamiento y de crear lenguaje. Retomando de nuevo palabras de Dolores Aleixandre, no son las costumbres ni las tradiciones sino la verdad la que nos hace libres.

Cuando nos encontramos con un rechazo radical a las reivindicaciones femeninas, no podemos interpretarlo más que como un intento de demonizar gratuitamente toda una nueva comprensión de los derechos humanos que está madurando en la consciencia de la humanidad y que exige nuevas relaciones sociales.

Coincido con Ana María Bidegain en que ese rechazo, en realidad, se da porque no se puede soportar la culpa de pecado de esa injusticia continuada sobre las mujeres. Y como no se acepta, no cambiamos y la dominación continúa. Porque reconocer exige cambiar, y eso implicaría para algunos perder los beneficios que les otorga el status quo.

En el compromiso por caminar en justicia en la Iglesia y hacer visible a la mujer, podemos comenzar por el lenguaje. Como afirma Magdalena Fontanals, las palabras tienen un enorme poder de evocación de concepciones y comportamientos colectivos. Modelan nuestro modo de pensar, de comprendernos y de creer. El hecho de aparecer innominadas las mujeres en la comunidad cristiana (en la liturgia, en los textos oficiales…), ha reforzado la presencia y por tanto el dominio de un sexo sobre el otro, de una forma tan invisible como el aire, tan suave como el impacto de lo sagrado. Y a la inversa, la experiencia demuestra la fuerza de pronunciar las palabras: mujer, cristiana, pecadora, hija…Son una llamada a la existencia, a sentirse implicadas y reconocidas dentro del conjunto de la comunidad de creyentes, hombres y mujeres. Tomar en serio la existencia y situación específica de las mujeres, conlleva adoptar un lenguaje propio a la hora de expresarse.

Y es irrenunciable reivindicar espacios de participación. Hoy en día, a las grandes reuniones decisorias, como mucho alguna mujer es invitada, pero no tenemos el derecho de intervenir por propia iniciativa. La afirmación de la igualdad de la mujer no se niega en teoría, pero la práctica la desmiente. Con Consuelo Vélez cuestionamos: ¿cuándo tendremos voz y voto en las instancias eclesiásticas? ¿Cuándo cambiarán la estructura clerical, machista y patriarcal que hoy es claro caracteriza a la Iglesia? ¿Cuándo podremos ver verdaderamente una Iglesia inclusiva?

Tenemos el deber evangélico de aportar desde nuestro ser de mujer en la Iglesia, reivindicando participación y visibilidad, evitando la confrontación en lo posible, pero sin renunciar a hacer avanzar la Iglesia más al estilo de Jesús.

Mariángel Marco Teja
Ecuador, 4 de marzo de 2019