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Comisión para el Estudio del Diaconado Femenino: Convertirla en Oportunidad.

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El 8 de abril del 2020 se hacía pública la convocación por el Papa Francisco de la Comisión para el Estudio del Diaconado Femenino. En la clausura del sínodo Panamazónico había prometido reconsiderarlo, y lo ha hecho.

El precedente ha sido una comisión similar que hubo de ser disuelta sin mayor trascendencia. No podemos evitar que nos ronde el mismo temor dadas las ausencias en la composición: todos los miembros son europeos o estadounidenses (al igual que en la comisión precedente). Es llamativa la ausencia del sur global. Pareciera que, al hablar de teología, nada bueno pudiera salir del sur. Se parte ya de visiones existenciales limitadas y esto es grave, porque el desde dónde se mira determina mucho. Cuando la reapertura de esta comisión es la respuesta a un pedido de los pueblos amazónicos, su ausencia se hace aún más notoria.

No considero que pueda haber otro punto de partida que el reconocimiento de la igualdad hombre mujer. Gn. 1, 27: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios los creó, hombre y mujer los creó”.
El Documento Final del Sínodo Amazónico afirma en el N°91: “La sinodalidad marca un estilo de vivir la comunión y la participación en las iglesias locales que se caracteriza por el respeto a la dignidad y la igualdad de todos los bautizados y bautizadas.”

Sin embargo, esta teórica igualdad es negada constantemente por la realidad. La sobrerrepresentación masculina en la Iglesia es un desequilibrio que distorsiona la imagen de Dios.

Todo el mensaje simbólico de los ritos eclesiásticos trasmite el mensaje de que Dios es varón. La formación religiosa oficial lo refuerza. Las voces de las mujeres que reivindican igualdad en la Iglesia son silenciadas.

El panorama general permite cuestionarse si hay voluntad real de avanzar. Vamos a confiar en que sí, y aprovechar esta puerta que se abre. Pero teniendo siempre como horizonte la sinodalidad, no limitándose a discutir sobre la reproducción de lo que ya existe, cambiándole sólo el rostro.

La teóloga española Elisa Estévez López desarrolla en su magisterio sobre mujeres y ministerios en las primeras comunidades como las fuentes cristianas y de la sociedad mediterránea de los primeros siglos eran androgénicas: no hacían referencia a mujeres. La ausencia de la autoría femenina es total, con lo que solo la visión masculina ha trascendido. Por tanto, la tarea es desvelar lo que ha quedado oculto o marginado por las fuentes.

Y aún en ese contexto, encontramos mujeres en los textos neotestamentarios. Como bien señala Elisa Estévez, el cristianismo se fue arraigando en torno a familias que ofrecían sus casas para que las comunidades se reunieran. Entre ellos, muchas mujeres que contaban con reconocimiento: Prisca en Corinto (1 Co 16, 19) y en Roma (Rm 16,15); Febe en Céncreas (Rm 16, 1-2); posiblemente Cloe en Corinto (1Co 1,11); Lidia (Hch.16, 14-15.40); María, la madre de Juan Marcos (Hch 12,12); Evodia y Síntique (Flp 4,3) son nombradas por Pablo como “colaboradoras”; y entre las que se han “afanado por el evangelio” están María, Trifosa, Trifesa y Pérside (Rm 16, 1-2). Se trata de líderes comunitarias, identificadas -como los varones- como quienes “os presiden en el Señor y os amonestan” (1 Ts 5, 12).

Pero todo esto se obvia en nombre de la tradición. Habrá que preguntarse en nombre de qué tradición.

Para mí es claro que la exclusión de la mujer de cualquier ámbito de la Iglesia es contraria al espíritu de Jesús, al Reino por él inaugurado.

Me vienen ahora a la mente las palabras que la hermana Alba Teresa Cediel Castillo, de las Hermanas Lauritas, fundadas para estar con el pueblo indígena, compartía en el sínodo respecto a cuando las hermanas asistían a moribundos que se confesaban con ellas. Como formalmente no pueden dar la absolución, manifestaba que se limitan a dejar ésta en manos de Dios. ¿Quién va a pensar que Dios no perdona a esa persona que ha hecho todo su proceso interior, simplemente porque no tuvo la suerte de que un sacerdote estuviera a su lado para absolverle? Quien perdona es Dios. Debemos recordar que “cuando dos o más estén reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos” (Mt. 18,20). El Dios de la misericordia nos asiste como hermanos y hermanas, no debemos tener miedo.

Otro hecho que clama al cielo es la exclusión de las mujeres de la proclamación del evangelio. De hecho, el gran anuncio del cristianismo es la resurrección, y las primeras testigos a las que Jesús confió semejante mensaje fueron mujeres. Uno de los argumentos para avalar la autenticidad de la resurrección, es precisamente que las testigos fueran mujeres; si fuera un argumento inventado posteriormente, nunca se habría elegido mujeres como testigos, pues en ese momento histórico las mujeres estaban descalificadas como tales. En ese contexto, Jesús reconoce y afirma la primacía de las mujeres. ¿Y hoy les negamos que puedan dar testimonio de su experiencia de Dios en las homilías, ni siquiera que lean el evangelio en las eucaristías? No hay explicación razonable para esta exclusión.

De tanto repetirlos con la misma mentalidad patriarcal, los ritos han adquirido valor por sí mismos, pero alejándose del espíritu de Jesús. Nuestras liturgias están necesitadas de conversión.

La comisión para el estudio del diaconado femenino tiene un margen de maniobra estrecho. Pero es la puerta que se abre, así que habrá que recorrer el camino con la actitud más constructiva posible; eso sí, sin renunciar a la dignidad de la originaria igualdad.

Mariángel Marco Teja Ursulines of Jesus Edmonton, Canada, 24 April 2020