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Faustina recibe en el colegio de Gijón un homenaje por su jubilación .

Estas letras son un sencillo homenaje a una especie en extinción a quien la modernidad liquida y la lógica presente no prevé protección ni recambio. Con ella desaparece un estilo de vida que no se merece acabar en el baúl del olvido. Si tiene años, recordará alguna visita o estancia hospitalaria donde mujeres de hábito -y hábito constante- atendían a tiempo completo cuerpos y almas, cuidando aquéllos, aliviando éstas, o quizá sepa de alguna “madre” multiusos en mágica Cocina Económica que obra a diario el genuino milagro de multiplicar panes y peces. Si ha estudiado en colegio religioso, retendrá la imagen de alguien capaz de arreglar cerraduras, poner tiritas o atender la portería.

Fausti en una de sus múltiples actividades.

Fausti es una de ellas; se jubila pero no dejará de trabajar. En su atípico reino regido por siervos reales -no reyes- siempre faltan brazos; un reino que, sin ser este mundo, se construye sobre humildes cimientos terrenales elevados por simples mortales. Fausti vive la gratuidad, aunque su teología casera ignora tesis doctorales al respecto; no sabe qué es una jornada laboral, pues solo hay una tarea en un mundo de mucha mies y pocos brazos; desconoce qué significan las palabras sacrificio o austeridad, ya que la cotidianeidad las convierte en su pan de cada día.

Siempre rodeada de gente que le quiere.

Abría puertas matinales y, por el mismo precio, su corazón reparaba rodillas infantiles, hacía de electricista sin haber cursado ciclo formativo alguno, dominaba el asunto deportivo cuidando la cantera y poseía conocimientos en psicología para tratar al complejo personal.
Compensaba su poca visión con mucho ojo clínico y sus límites auditivos a base de fino olfato. Regalaba gusto, se manejaba con tacto y, lo más importante, sabía que la pérdida de capacidad sensitiva se compensa con sentido común, mucho más que una simple adición de sentidos, hasta forjar esa sabiduría propia de abuelos, incapaz de explicar científicamente las causas, pero certera para anticipar los efectos.

Para la lógica vulgar, son gente extraña: viven célibes la pasión en comunidades no siempre elegidas, asumen una obediencia difícil de entender y, sobre todo, de aceptar. Para el común, son gente rara, aunque quizá todo es más sencillo; su lógica es otra, la del corazón, invisible a los ojos, y la de la convicción que recuerda otro modo de vida frente a la aparente pluralidad de pensamiento único, gente que prefiere la vida buena a la buena vida.

No son de aquí, ni son de allá, no tienen edad, pero esperan un porvenir nuevo en un mundo donde la bondad no sea considerada virtud del tonto y la generosidad se viva como ganancia y no pérdida. Gente que confirma la parábola del grano de mostaza que explica cómo en lo pequeño está el germen de lo grandioso.
Rafael FDZ. ARIAS-
Profesor del colegio de Gijón