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Celebración de la Encarnación

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María, ¿qué fuerza te mueve para ponerte en camino?

La Vida es ponerse en camino.

Virgen


Juntas, nos ponemos en camino a la escucha del soplo del Espíritu de Amor que se nos da sin descanso, este soplo que nos atraviesa sin pertenecernos, que nos hace acoger la Palabra de Vida, este movimiento que nos empuja a salir de nuestras certezas. La primera en ponerse en camino, María ha sido consciente de que la Vida le llamaba. Mujer de su tiempo y mujer de confianza, a la escucha de las necesidades de este mundo, se deja llevar por el soplo creador.

El Espíritu Santo vendrá sobre ti.

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»
El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios.
Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.» Lc. 1, 34-37



María, he aquí que una Palabra surge en tu vida. Palabra: Verbo que hace lo que dice, que desplaza, que mueve todo, que hace surgir las preguntas... que cambia el futuro... que invita a la confianza y al don.

Acoger a Jesús, Verbo de Dios, dejarle entrar en nuestras vidas.
Volver a decir « si» en este momento de oración para seguir avanzando.

Unamos nuestro « si» quizás algo tímido, algo dudoso, al « si» de aquella en quien Dios se ha hecho carne.

Feliz porque has creído, oh Madre del Señor

Alégrate, María, bendita del Señor,
serás Madre de Cristo,
el hijo de tu Dios.
Alégrate, María, bendita del Señor.

Feliz porque has creído, oh Madre del Señor

Bienaventurada tu, que has creído.

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor … » Lc.1, 39-47

Magnificat, magnificat, magnificat anima mea Dominum...

María, ¿qué fuerza te mueve para ponerte en camino? ¿Por qué no te quedas en tu casa para meditar sobre el Anuncio que te acaban de hacer, para acunar al que acaba de hacerse carne en ti?
Pero no eres la única concernida por este anuncio, por eso vas a su encuentro. Y en el reconocimiento mutuo de lo que lleváis, Isabel y tu, el Espíritu os concede el don de descubrir la fuente de Vida.
Sedientas de relaciones justas, de encuentros verdaderos y auténticos, venimos a tí, Señor. Y a tí, María, la primera en ponerte en camino, llévanos contigo por los caminos de esperanza.

Mientras recorres la vida
tu sola nunca estás
contigo por el camino Santa María va.
Ven con nosotras a caminar, Santa María, ven (bis)

Porque mis ojos han visto tu salvación.

Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones , conforme a lo que se dice en la Ley del Señor. Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo.
Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él .Lc. 2, 22-34


Espíritu, Espíritu de Dios, Espíritu Santo, que habitas en Simeón, le revelas la fuerza de la promesa de Dios, le lanzas hacia Jesús para que reconozca en él la salvación de los pueblos.
María, por la palabra de Simeón, una vez más te sientes desplazada: con José, te sorprendes.

Dejémonos habitar por el Espíritu con Simeón y con todos los que esperan el consuelo de su pueblo. Contemplemos en la fragilidad de un recién nacido el poder del amor de Dios.
Nosotras también, tomemos en nuestros brazos este niño para mirarlo. Unamos nuestra adoración a la de Simeón y a la oración de María que « guardaba todas estas cosas en su corazón ».

Tiempo de adoración en silencio

Busca el silencio,
ten alerta el corazón,
calla y contempla. (canon)

María dijo : « Mi alma glorifica al Señor …»

María ha sabido sacar de ella las fuerzas necesarias para responder a las nuevas situaciones de su vida.
¿Qué cualidades, qué dones, qué riquezas reconocemos en María? (Los expresamos libremente)

Cuando nuestro « si», pronunciado al soplo del Espíritu, nos mueve por dentro, nos desplaza, nos pone en camino, en ese momento, nuestro ojos se abren a las maravillas de Dios.
Unamos nuestra acción de gracias al Magnificat de María.

Magnificat, magnificat, magnificat anima mea Dominum...

« Unimos lo poco que tenemos a las riquezas de María. »

(Un vaso con un lirio en el centro.
Se ofrece un clavel a los participantes en la oración.)

Cuando los acontecimientos de la vida nos sorprenden, nos hieren, nos desarman, ¿Qué vamos a buscar en el fondo de nosotras mismas?

En un rato de silencio examinamos lo que germina en nosotras, a veces es muy pequeño...
Después podemos ofrecer nuestras pobrezas, uniéndolas a las riquezas de María, y para esto, ponemos nuestro clavel junto al lirio, expresando la confianza y/o una pobreza.

Nos despedimos de María, la primera que se puso en camino, pidiéndole que nos enseñe a dejar nuestras seguridades , que venga con nosotras en nuestro caminar.

Mientras recorres la vida
tu sola nunca estás
contigo por el camino Santa María va.

Ven con nosotras a caminar, Santa María, ven (bis)

Si por el mundo los hombres sin conocerse van
no niegues nunca tu mano al que contigo está.

Aunque parezcan tus pasos inútil caminar
Tú vas haciendo caminos otros los seguirán.